Sandra Muente
Desde niña ha tenido que enfrentarse a los reveses de la vida. Con amor y valentía ha aprendido a sacar lo mejor de cada situación y ha sabido transformar el dolor en sabiduría. Con el corazón abierto y una gran sonrisa sigue buscando su voz y defendiendo su autenticidad.

Sandra tenía alrededor de tres años cuando vio a su papá Beto Danelli cantando en un programa de televisión. Lo que más le llamó la atención fue que mientras él bajaba por la escalera que estaba entre el público, sus fans se acercaban para darle besos. Esta situación dio pie a un interrogatorio. “¿Por qué te jalaban esas mujeres?”, fue lo primero que le dijo apenas regresó a casa.
Esa misma tarde fueron a un supermercado y a Sandrita le tocó ser testigo presencial del alboroto que la aparición de su papá causó entre las cajeras. Decidida a continuar con la investigación, le preguntó: “¿Cómo te conocen?”. Gracias a la explicación comprendió que su persona favorita era también uno de los cantantes del momento y entendió el vínculo de cariño que se genera entre un artista y su público. “Me gustó el amor que sentí, así que dije “yo también quiero cantar en la televisión””, cuenta. Actualmente, con 34 años recién estrenados, Sandra no solo canta. También actúa, forma artistas y claro, disfruta del cariño de sus seguidores.
De niña querías cantar en televisión y años después tu primera participación en la pantalla chica fue en Latin American Idol, el reality show de talento más importante de Latinoamérica. Cuéntanos cómo fue.
Cuando terminé el colegio no quería saber nada del mundo académico, solo cantaba en la banda de mi enamoradito. En ese tiempo hice una audición para una película musical. Nunca salió, pero me sirvió para empezar a conocer un mundo que no tenía idea de que existía. En una de esas le dije a mi mamá: “Quiero hacer un concierto. ¿Qué será de los amigos músicos de mi papá?”.
Siempre cuentas que tu mamá es tu gran apoyo. Imagino que no demoraste mucho en convencerla…Recuerdo que no teníamos plata, pero tomamos un taxi y fuimos hasta el Sol de La Molina para ver a Coco Salazar, un músico y director capísimo. Me hizo cantar y después me dijo: “Muy bien, voy a armar la banda para que hagas tu show en El Satchmo”. Alquilé el espacio por un día, vendimos entradas a todos nuestros amigos y familiares y lo llenamos.
Yo, una criatura de 16 años, tenía tocando conmigo a Jesús “El Viejo” Rodríguez, a Jocho Velásquez, a Pedro Ruiz Pacora… al top de los músicos. Y preparé un show en el que hasta bailaba como Shakira. Perdón pero, ¿con qué concha si nunca fui bailarina?… Ah, pero me entrenó un bailarín. Me la creí y lo di todo. Hice tres conciertos así. Ahora pienso ¿qué me pasó? Ahí tengo bien guardado el video. Es muy feeling para mí, pero nunca lo mostraré.
Te la creíste y funcionó. De ahí pasaste directamente al escenario de Latin American Idol…
Mis amigos que me habían visto en los conciertos me dijeron “¿Por qué no audicionas?” Y yo: “¿Qué voy a audicionar? Están mal de la cabeza”, pero ellos me inscribieron y mandaron un video de uno de mis shows.
Un día me llegó un correo: “Bienvenida a la preselección de talento… Te esperamos en la audición presencial. Tal día en México, tal día en Venezuela…” Y yo “OK, pero ¿cómo me voy?”. No tenía plata para hacerlo, así que fui por un pez más gordo y alquilé el teatro Montecarlo para hacer un concierto más grande.
Mandé a hacer una pancarta con mi cara: “Sandra Muente en concierto”. ¡Nadie sabía quién era Sandra Muente!, pero mis amigas y familiares vendieron las entradas. Decían “Ella canta lindo y quiere ir a audicionar para un programa internacional, por favor ayúdenla”.
Cuando llegó el día no cabía ni una persona más en el teatro. Así fue que conseguimos la plata para poder comprar algunas cosas, pero me faltaba una cantidad importante para poder quedarme más tiempo en México. Si pasaba la primera audición tenía que seguir el proceso, y si no pasaba, quería quedarme para visitar las universidades en las que enseñan música. Entonces mi mamá vendió su departamento, me dio la plata que me faltaba y me dijo: “No te preocupes. Te va a ir bien, vas a quedar”.
Y sí que te fue bien. De 28 mil convocados a la primera audición, después de un largo proceso estabas entre los 12 finalistas, ¿eras consciente de lo que estaba sucediendo?
Yo no entendía. En las audiciones dudaba porque veía que algunas personas cantaban muy bien y pasaban a la siguiente fase y otras cantaban muy mal y también pasaban. Lo hacían para hacer el show más divertido, porque al fin y al cabo era un programa de televisión, pero yo pensaba “Esto es raro… ¿a cuál de los grupos pertenezco?”
El día que me tocó audicionar frente al jurado y empecé a entrar en pánico dije: “Ya Diosito tú me bendices, ya sabrás”. Canté “Tan solo tú” de Camila. Luego Jon Secada me pidió que cantara otra, así que elegí “De creer en ti” de Jaci Velásquez, que me conecta con mi papá. Pensaba que me iban a decir que no, pero con esa canción me iba contenta.
Entonces Gustavo Sánchez dijo: “No, yo no le doy el pase”. Jon Secada dijo: “Yo sí”. Y después Mimi dijo: “A mí me volviste loca, sí vas”.

Después de la dolorosa muerte de tu papá, cuando tenías 12 años, dejaste de hacer arte un buen tiempo. Seguro te habrá visto desde donde esté y habrá movido sus influencias celestiales para que tengas la oportunidad de demostrar tu talento y poner en práctica lo que te enseñó. Él empezó a formarte como artista desde que eras muy chiquita, cuéntame sobre eso
Cuando yo era chiquita le cantaba canciones de Cristina Aguilera y de Britney Spears. Claramente en ese momento yo no tenía la voz para hacer eso, y él me corregía. También escuchábamos muchos discos de diferentes artistas y analizábamos un montón de películas y documentales, sobre todo si tenían que ver con la música. En un inicio veíamos como un juego nuestro tiempo juntos de cantar, pero después, cuando enfermó, se dio cuenta de que no iba a tener tiempo de enseñarme y se enfocó un montón en ayudarme.
Entiendo que además de la técnica, se preocupó por el lado emocional…
Recuerdo que cuando tenía 8 o 9 años hice una audición para Código Fama en México y no quedé. Lloré un montón y ahí mi papá me dijo: “Entiendo que eres chiquita pero así va a ser toda tu vida. De mil castings que vayas en 990 te van a decir que no. Solamente algunos te van a decir tal vez y de esos tal vez algunos te van a decir que sí. No es fácil. Tienes que evaluar si realmente te quieres dedicar esto porque eres una persona muy sensible y yo no quiero que la vida te haga daño”. Y yo: “Papá yo quiero hacerlo”. “Entonces vamos a tener que estudiar y entrenar porque tienes que prepararte”.
Unos años después enfermó y aquí en Perú le tuvieron que realizar una operación en la que casi muere. Se salvó, regresamos a México y ahí hizo un concierto por sus 15 años de vida artística y me invitó a cantar por primera vez en un escenario grande. No canté con él, pero canté para él, yo tenía 11 años.
Cuando la enfermedad volvió, mi papá se volvió un poco más severo. Recuerdo que un día fuimos al estudio, porque él estaba preparando un disco con las canciones de ese concierto y yo tenía que grabar la que había cantado. Yo estaba paradita ahí con los audífonos puestos. Lo había intentado 28 mil veces y no salía… y ya eran las 12 de la noche y no salía.
Rafo Arbulú, que estaba ahí como técnico de audio le dijo: “Oye, ya está cansada, llévatela a casa”. Y mi papá le respondió: “No Rafo, no tengo tiempo”. Años después le pregunté a Rafo si se acuerda de esa conversación y me dijo con los ojitos llenos de lágrimas: “Nunca se me va a olvidar. Cuando tu papá me dijo que no tenía tiempo yo sabía que no se refería a esa noche, se refería a toda su vida. No iba a volver a poder enseñarte lo que es ser un artista en un estudio de grabación”.
Ese día fue como una masterclass de canto porque duró seis horas. Su desesperación era que me diera cuenta de que es un mundo difícil.
Y en Latin American Idol viviste 7 meses de retos y aprendizaje. Imagino que era difícil ver cómo iban eliminando a los participantes y la presión que sentías para hacer todo bien y no te pase lo mismo…
Y además, esto no se lo he contado a nadie, pero aunque en esa época no había redes sociales, el bullying cibernético era fuerte. Teníamos un foro en el que nos escribían cosas horribles y a mí me mandaron un mail que decía que si no renunciaba a la competencia iban a matar a mi mamá y a mis hermanos.
Yo a los 17 años estaba ahí desesperada. Le mostré el mail a la jefa de producción y le dije que me iba a tener que ir, pero revisaron las direcciones ip y se dieron cuenta de que el mail venía de la misma persona que dejaba los mensajes de odio. La producción me cuidó un montón, me explicaron que me estaban queriendo meter miedo para que renuncie, pero igual toda esa semana estuve muy tensa y canté muy mal.
Estabas empezando a descubrir el lado oscuro del maravilloso mundo del arte
Sí, y cuando regresé a Perú nos asustamos más. Yo no tenía idea de cómo manejar una carrera y mi mamá, que había vivido conmigo lo bonito del mundo público mientras estuve en Latin American Idol, ahora estaba muy preocupada. Ella era muy abierta a todo el mundo. La prensa iba a mi casa y todo eso… hasta que empezaron a llamarla a decirle cosas obscenas. A veces se asustaba de los ofrecimientos que le hacían.
Un día, en una de esas reuniones que tuvimos para ver con quién iba a trabajar, llegamos a una oficina llena de posters de chicas con ropa interior. El señor que nos atendió, no sé si era dueño de alguna agrupación, pero nos dijo que si yo quería ser reconocida debía tener un manager y hacer música más popular… y bajar de peso y usar otro tipo de ropa… Me mostró la foto de una chica que estaba en sostén y calzoncito con un montón de brillos.
Yo no tengo problema con eso, es más, a mí me gusta ser sexy, pero cuando quiero no cuando me obligas. Fue impactante para nosotras saber que entrábamos a un mundo donde había mucho machismo.
No es tu esencia pues, ¿no?
En algún momento podría asumir el personaje porque también me encanta actuar, pero ¿toda la vida vivir así? Además, en Latin American Idol, cuando teníamos que elegir vestuario a veces me decían “Esto no te favorece”, pero jamás nadie se metió con mi peso. Cuando llegué aquí es cuando empezó a pasar eso. Y en esa época solo tenía 3 kilos de sobrepeso.
Siempre has proyectado la imagen de “Soy como soy y me siento rica”, pero de pronto, por cuidar tu salud tuviste que someterte a una cirugía bariátrica y las “gorditas” que se identificaban contigo se sintieron un poco decepcionadas. ¿Cómo te sentiste cuando empezaron a criticarte por eso?
Antes de operarme sentía que iba a defraudar a la gente y que estaba siendo inconsecuente con lo que siempre he promovido. Yo no quería cambiar mi cuerpo, pero mi doctor me dijo: “Bueno, te verás muy linda y muy feliz, pero te puedes morir. Tu papá tuvo esto y tú estás teniendo los mismos presíntomas”. Yo la pasaba mal porque mi voz se empezaba a deteriorar porque tenía reflujo y una hernia y también pensaba “Qué loco, cómo me he empujado a mantener esa imagen para defender mi símbolo y entonces me he cagado por dentro”.
Fue difícil. Hice terapia con una health coach y entendí que no es mi responsabilidad llevar la vida de nadie más que la mía. Si hay gente que se siente identificada con quien soy y con lo que estoy viviendo y quiere vibrar conmigo, bravazo. Si no, si quieren juzgar mis decisiones, bravazo.
Nadie se puso a pensar que detrás de la mujer empoderada que habla de su cuerpo también estaba la que tiene que vivir con que no le den personajes en una obra porque tiene sobrepeso en una sociedad absolutamente gordofóbica. Tampoco puedo vivir explicándole a las personas cómo me afectó leer tantos comentarios horribles durante tanto tiempo. Cada vez que yo subía una foto era “Cósete la boca”, “Ahí va la chanchita Muente”.
Es muy difícil que no te afecten los comentarios porque tú también te cuestionas, ¿no? ¿Así me ven?, ¿Eso esperan de mí?
Es un peso muy grande. Hablo mucho con mi hermana que también es artista acerca de las expectativas de los demás respecto a nosotros y cómo nos afectan, y ahora le digo: “¿Sabes una cosa? Después de haber pasado por todo esto entiendo que funciono gracias a Dios, porque ha podido salir algo mal en la cirugía”.
Hoy en día tengo muchos temas que son parte de mi salud pero que tienen que ver con otras cosas, y cada vez que pasan y me preocupan voy y resuelvo, pero lo demás ya no me importa. Si cuando me siento, por ejemplo, se me sale un rollito y la gente me dice: “Ay, ¿pero no te habías operado para estar más flaca?”, yo pienso: “Váyanse a la mierda. Tengo mi rollo y qué lindo se me ve”.

Eso también proyectas, que a pesar de todo siempre mantienes tu autenticidad
Siempre. Cuando empezaba mi carrera aquí yo trataba de ser cercana, pero me decían que tenía que ser objeto de deseo de todo el mundo: “Tienen que querer ser como tú o querer estar contigo”, ese era el objetivo. Y yo decía: “Yo no quiero eso. Yo quiero que la gente conecte con lo que les tengo que decir si es que les resuena”.
En esa época, además, empezó a salir Leslie Shaw con mucha fuerza con todo este tema muy sexual. Como éramos dos “productos” del mismo productor musical, siempre había comparaciones y me decían que ese era el camino que tenía que tomar. Y yo dije: “Jamás. Somos diferentes. Mis canciones son de amor, de encuentro, de reconocimiento personal”…
También me comparaban con Nicole Pillman, que participó conmigo en Latin American Idol. “¿Por qué ella está haciendo 7 discos y mete canciones en novelas y tú no?”, me preguntaban.
En la época en la que participé en El Show de los Sueños y luego en Viña del Mar hubo bastante control sobre lo que comía, lo que decía y cómo me vestía.
Imagino que eso no te gustó nada
Cuando estaba en Viña del Mar yo quería disfrutar el momento y pasarla bien con otros artistas, pero me decían que no me vinculara tanto con ellos, que eran mi competencia. Además, sentía la presión de que tenía que ganar, porque necesitaba la plata que daban de premio para terminar de grabar mi disco.
Pero lo peor fue cuando hubo un terremoto del tamaño del mundo que me agarró en pijama. “¿Ese es el pijama que usas?”, me dijeron. ¡Uno no podía ponerse el pijama que le dé la gana! Nos tuvimos que quedar en Santiago de Chile como 4 días más, con réplicas a cada rato y amenaza de Tsunami, y yo no me sentía contenida en absoluto. Para mí ese terremoto rompió el sitio donde yo estuve y me rompió a mí en muchas cosas.
¿Qué pasó cuando regresaste?
Cuando los peruanos damnificados del terremoto bajamos del avión que nos trajo de regreso, lo primero que hicieron algunos medios es preguntarnos cómo estábamos. En eso un periodista me puso el micrófono y me preguntó “¿Y cómo te sientes de no haber ganado la competencia de Viña del Mar?” Eso a mí me llenó de una rabia interna horrible. Le dije: “No sé si tú te has enterado de que acaba de romperse el mundo. Ni siquiera me acuerdo qué ha pasado en el escenario. El concurso no importa y no sé quién gane, porque no terminó”.
Cuando vi a mi mamá me puse a llorar como una loca.
¿Esa presión te pasó factura?
Vine de mucha cosa fea. De darme cuenta de que el mundo quiere que sea flaca y que no me podía vincular con otros artistas… Todo este asunto de darme cuenta de que no era el mundo que quería me hizo mierda.
En ese tiempo no se veían las cosas como se ven ahora en cuanto a salud mental y yo no sabía exteriorizar lo que me estaba pasando, así que cuando llegué a mi casa me metí a la cama y no salí como por tres semanas. Lloraba y tenía ataques de pánico todo el día. Esa fue mi primera gran depresión.
Mi mamá estaba muy preocupada y mis hermanos también. Era muy difícil porque ellos me veían como un ejemplo que se estaba desmoronando.
¿Cómo fue que saliste de ese lugar oscuro?
Un psiquiatra me ayudó a regularme y a volver primero a mi vida normal de persona. Poco a poco empecé a volver al arte. Terminé mi disco, empecé a trabajar también y ahí me di cuenta de que había un ingrediente que le faltaba a mi vida que era el saber. Entré a la universidad y también me metí a estudiar a Preludio como un hobbie, pero terminé siendo corista de Marco Zunino en una de las obras musicales junto a Lali Merei y Cielo Torres. La pasé increíble, cobré un sueldo por hacer lo que amo hacer.
De no querer salir de tu cama pasaste a estudiar y trabajar y robarle horas al día para hacer lo que te gusta
Retomé el teatro, pero tuve que frenar mi carrera de cantante por los horarios de la universidad. Componía para otros artistas, pero si me salía una entrevista o un viaje no podía ir porque tenía que estudiar. Le puse pausa a la fama y pasé cinco años como cualquier persona sacándome la mugre para tener buenas notas y salir adelante.
Me empecé a empoderar. Si no hubiera estudiado en la universidad no sería la artista completa que soy hoy. Me falta un montón por aprender y por hacer, pero ya confío más en mí.

¿Alguna vez, en esos momentos de desesperación, te peleaste con Dios?, ¿Sentiste que te había abandonado?
En la época en la que mi papá enfermó, hice un pacto con Dios: “Voy a ser la mejor hija, la mejor hermana, la mejor estudiante… lo voy a hacer todo bien, pero por favor sálvalo”, le dije. Me esforcé un montón para cumplir mi parte y fui la mejor niña que pude ser. Cuando mi mamá nos dijo “Papá ya no está”, me metí al baño y empecé a patear todo, a romper cosas… estaba furibunda. Le renegué a Dios “Tú no existes. No creo en ti, no quiero nada, me quitaste a mi papá”.
Yo era muy religiosa, ya no lo soy tanto. Creo en Dios, en la Virgencita de Guadalupe y tengo mis angelitos… pero también creo en las haditas y en la energía y en el universo.
Cuando algo así sucede es imposible no preguntarle: ¿Por qué me castigas si yo soy buena? Tanto te lo he pedido, tanto he rezado… ¿Por qué me estás quitando esto?
Sí, hasta que te das cuenta de que Dios o en quien creas no te quita cosas. He leído las posturas de diferentes religiones y, con todas, llego a la misma conclusión: lo que se te quita en ese momento tenía que ser quitado para que algo más pueda llegar. Tú decides si te conviertes en un espinal y no dejas que nadie te toque o en una rosa hermosa llena de flores.
“La vida no es lo que te pasa sino lo que haces con lo que te pasa”
Por supuesto que pasan cosas horribles y uno se pelea y reclama, pero para algo pasó. El otro día hablaba de esto con una amiga y pensé: si mi viejo hoy viviera, de repente no sería la persona que soy ahora. Tal vez él hubiera hecho de mí un ser humano correcto y recto e importante y todo, pero a nivel de vínculos era superapapachador, entonces seguramente yo hubiera crecido con esta cosa de que mi papá me engría y hoy no tendría la apertura que tengo para algunas cosas.
En esa época tu vida pasó de ser como una película de la familia feliz con el papá que enseñaba a cantar a su hijita, a un drama que muestra a una mujer que debe salir adelante con sus hijos chiquitos…
Sí. Después de que mi papá murió regresamos a vivir a México, y en esa temporada pasaron muchas cosas. Vivíamos en una casa hermosa que él había comprado, pero no había más. Íbamos a un buen colegio, pero becados. En todos los programas extracurriculares que queríamos meternos nos apoyaban porque no podíamos pagarlos. Así nos manteníamos ocupados hasta que mi mamá terminara la chamba porque tenía que regresar del otro lado de la ciudad. Estábamos muy solos y en un momento hasta me hicieron bullying porque no tenía las cosas más bonitas y mi uniforme era heredado. Había niñas muy crueles. Yo fui quien le pidió a mi mamá que regresemos a Lima.
Todo lo que les ha pasado los ha unido muchísimo, los Muente Bayona son un gran equipo
Me siento muy privilegiada de la familia que tengo, porque sé que no todas las familias son así. Mi mamá es mi heroína. ¡Qué bendición tenerla y haber sido sostenida por ella y por mis hermanos y sostenerlos a la vez!
Claro, he tenido que hacer terapia. Si bien fue un drama no siento que haya sido terrible. Agradezco lo que he vivido porque aprendí un montón de cosas y tengo una visión distinta de la vida. Muchas amigas de mi edad me piden consejos como si yo fuera su mamá y yo les digo “Bueno, yo no sé, pero desde mi perspectiva y experiencia de vida puedo decirte que…” “Ojo con esto, míralo así”.
No creo que mi vida sea mejor o peor que la de nadie, simplemente tenemos realidades diferentes. No es lo mismo tener 34 años y haber tenido a tu papá toda tu vida que tener 34 años y no haberlo tenido 20 años de tu vida.

Tú dices que a ti siempre te ha tocado vivir cosas muy adelantadas a tu edad…
Sí. Igual me han pasado algunas cosas tarde, ¿no? Cuando mis amigas ya estaban con los enamoraditos, por ejemplo, yo estaba ocupada con mis hermanos. Sí, tengo que reconocer que como las cosas eran tan complejas en casa a veces prefería “enamorarme perdidamente” de alguien que no me daba bola, eso podía funcionar como distractor, pero mi vida amorosa empezó un poco más tarde que la de mis amigas.
Pero luego te casaste con Rik y te convertiste en madrastra de chicos grandes. De nuevo las adelantaste
Sí, y a Mati, el menor, lo he visto convertirse en adulto.
Tenemos una familia poco convencional pero hermosa. Siento que es bacán porque estoy viviendo un aprendizaje interesante. No he pasado por el proceso de tener un bebé y que llore, entonces no sé. Escucho a mis amigas que lo viven y digo “Qué loco, qué bonito debe ser, me gustaría”, pero también me da risa porque ellas están en problemas de bebitos y yo de frente pasé a problemas de adolescentes.
Problemas de adolescentes como que te conviertan en «suegrastra», porque tus hijastros son muy guapos
Sí, mis amigas me dicen: “¿Suegrita qué tal? Si está solterito me avisas pues”. Y yo: “Chistosas, no se metan con ellos”… Sería muy chistoso, pero yo las tendría cortitas… “¿Quieres con mi hijastro mijita? Pasando control de calidad”…
Y en cuanto a tener bebés, te he visto muy entusiasmada en algún momento y después, en alguna entrevista, dices que no estás tan segura de traerlos al mundo, a este mundo… También me imagino que pensarás “Si ya tengo hijastros para qué quiero hijos, qué flojera” o no sé…
No he contado esto nunca, pero hubo una época en la que pensé que no iba a poder tener hijos. Me hicieron una operación que reseteó mi sistema hormonal y aunque ahora cumple con todo lo que necesito, tengo hiperprolactinemia, una cuestión genética que hace que sea más difícil embarazarme. Hubo un tiempo en el que sin hacer un tratamiento con un doctor sino simplemente siendo cuidadosos con los días empezamos a intentarlo. Me hice fácil unas 30 pruebas de embarazo que salieron negativas. Esa es la parte que no le cuento a nadie, lo difícil que es ver la maldita prueba y que me diga que no. Me decepcionaba mucho, me quedaba un rato sola llorando y pensaba ¿por qué?
¿Lo quieres contar ahora?
No me molesta. Es algo por lo que muchas mujeres pasan y ahora estoy más tranquila. En ese momento lo interpreté como una señal de que no era el momento y además empecé a tener un subidón muy importante en el trabajo.
Y si no sucede, que también lo he hablado con mi terapeuta, ¿es lo peor que me podría pasar?, no. Lo peor que podría pasarme sería que me enferme o que se enferme mi mamá o que mi esposo me falte. Yo creo que quiero y lo quiero con mucha fuerza, pero también tengo que evaluar ciertos cambios que quiero hacer en mi vida laboral… Entonces vivo mi vida tranquila. Uno de los mantras que ahora uso es: “Lo que pase será perfecto”. Lo acepto y abro mi energía hacia eso.
Fotos: Renzo Díaz
Maquillaje: Fernando García
Peinado: Alexander Delgado
Un agradecimiento muy especial a:
Luis Muñoz y Lima Studio
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